sábado, 7 de noviembre de 2015

ÁNGEL CORREA

Heredó el nombre de su padre y el espíritu de lucha de su madre. De sus hermanos obtuvo fuerzas, pero Dios le otorgó el talento.
Niño de oro, rebelde sin causa. Se escapó de la pensión, como gambetea a las cámaras y a sus rivales: el sólo quería a su familia. Ellos deseaban verlo triunfar.
Llegó en silencio y se retiró ovacionado. Generó murmullos, ocasionó aplausos. Derramó lágrimas y contagió sonrisas.
Un día abrió sus alas y voló lejos como en cada festejo. Llegó a España, donde una multitud lo cobijó desde su arribo. 
Y suspiramos juntos, hasta quedarnos sin palabras: un diagnóstico médico había dicho todo. La operación lo marginó de las canchas pero su diestra volvió a escribir su historia.
Participó en incontables batallas, muchas sin escudo, tantas otras sin espada. Incluso intervinieron su corazón, que late fuerte, como si no existiera mañana. No se frena, nos paraliza a todos. Golpea el escudo mientras practica trucos de magia con la redonda.
Se calzó la Albiceleste y le bastaron pocos minutos para dejar su huella. 
Conquistó un continente y enamoró al mundo. Hoy en sus pies descansa el sueño de un país entero.
Porque Correa es un Ángel, con temperamento Canalla. De chico le salieron algunas plumas de Cuervo, que no las olvida, las lleva en el alma. Su presente es europeo, pero su corazón siempre será Argentino.


Giuliana Pasquali
@giulipsl

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