UN GUIÑO A LA HISTORIA
Pasamos años intentando conquistarla, pero siempre prefirió el histeriqueo cuando de nosotros se trataba. Sin embargo, todos los que alguna vez derramamos lágrimas por este amor inoxidable supimos, guiados por la ilusión característica de siempre, que ese día llegaría.
Nos gambeteó durante años de la misma manera que nuestro 10 humilló a cada rival, así como también nos esquivó como la pelota se inhibió en cada penal frente a las sagradas manos de Torrico en Brasil, y hoy descansa en medio de una multitud, que entona su nombre desgarrando sus gargantas con un grito sagrado; firme, como el récord de Ortigoza para enfrentar a las adversidades a once metros del arco para romper la red, mientras la tribuna se derrumba con el peso de los sueños de los grandes y los proyectos de los más chicos, que se unen puchereando de la emoción con los ojos vidriosos y el pecho empapado de lágrimas.
Aprovechá y levantala, como Mercier a sus brazos cuando festejó su gol inolvidable, o hacela bailar como danzaron los once de Botafogo en el Nuevo Gasómetro en aquella noche que renacimos con el segundo grito de Piatti. Lanzala a volar por el aire, imaginando que tiene las alas de nuestro Ángel talentoso de futuro (y presente) europeo que no se privó de estar festejando con nosotros, pero no te olvides de saciar esta obsesión estampándole un beso como ese que le diste al escudo para sellar este amor que nació hace años.
Y que te quede claro que no solo somos de América, somos del mundo entero. Porque tenemos a Dios de nuestro lado oyendo las peticiones de Lorenzo Massa que siempre nos acompaña, ayudado por el Papa Francisco, mientras millones de fieles imploran la gloria al mismo tiempo que idean cábalas épicas.
No intentes entenderlo, porque esta enfermedad no tiene cura y si la tiene, verdaderamente no queremos encontrarla.
Eso se lo explico a ella, que paseó por distintos países durante cincuenta y cuatro años, hasta que finalmente llegó al lugar que tanto la estuvimos esperando pero sin piedad nos cerró la puerta incontables veces. Y si siente que no se quiere ir, no la culpo, porque cuando conocés a San Lorenzo, te enamorás por el resto de tu vida.
Giuliana Pasquali
@giulipsl

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