sábado, 22 de junio de 2013

MÁGICA VUELTA

Muchos esperan el regreso de sus héroes, como en la segunda edición de una película de Marvel o DC… Yo preferí contar los días para volver a ver al mío. Pero éste es muy particular. Quizás escapó de algún cómic  o de una simple saga de fantasía que involucra a dos autores cuyos nombres son Atilio y Rita.
La historia comenzó un lluvioso 17 de Marzo allá por 1981, cuando el cielo pareció despejarse asomando el sol en Villa Soldati al oírse por primera vez el llanto de un bebé al que muchos preferían llamar Pipi. Lo cierto es que a ese nacimiento lo caracterizaba una mística imborrable, que durante muchos años supieron disimular.
Este niño también decidió ocultar su verdadera identidad, como si fuera un Superman sin capa, un Iron Man sin traje o bien, un Capitán América sin su escudo protector. Pasaban los años, y su sonrisa continuaba escondiendo tras ella el secreto de un nuevo héroe contemporáneo, cuya aureola santa resplandecía y brillaba junto a él cada vez que ponía un pie en el verde césped; el que cambiaba la extensa capa por sus alas de Cuervo para volar; aquel que elegía los colores que llevaba tatuados en el alma antes que cualquier lujoso traje; ese que optaba por tan sólo un número para ser identificado: el 10. Mas era difícil envolver en un misterio estos poderes, ya que salían a la luz cuando tenía una pelota cerca de sus pies.
Con el tiempo, su historia comenzó a conocerse sin poder guardar más su identidad, dejando en la memoria de todos sus mágicas gambetas y deliciosos goles que aún continúan dentro de cada corazón.
Luchó, triunfó, se cayó, y se volvió a levantar. Pero la vida volvió a ponerlo a prueba más de una vez, obligándolo a atravesar distintos obstáculos en su carrera, como a superar sus lesiones con el objetivo de devolverle la alegría a su gente. Y lo logró más de una vez. Volvió a golpearse, pero su corazón de guerrero lo levantó y permitió que aquellas lágrimas que al principio eran de tristeza, por la desazón de cada uno que creyó que quien aún tiene intacta el aura de ídolo, no volvería a correr tras la redonda… Pero al cabo de ocho meses, ese sollozo se transformó en alegría.
Ese día, el estadio parecía derrumbarse en una eterna ovación de almas como la mía que renacieron entre cenizas como el Ave Fénix, dejando nuestras manos rojizas de tanto aplaudir, y elevando nuestras voces hasta quebrarnos nuevamente en llanto al ver ingresar al gran héroe nuevamente a la cancha, encantándonos a todos los presentes, mientras iluminaba todo a su alrededor con su pequeña llama mágica, demostrando que el gran Pipi Romagnoli, nunca va a dejar de brillar.


Giuliana Pasquali

1 comentario:

  1. ¡Esa es mi amiga! Genia; que la inspiración no te abandone, te quiero muchísimo.

    MGL

    ResponderEliminar