MÁGICA VUELTA
Muchos esperan el
regreso de sus héroes, como en la segunda edición de una película de Marvel o DC… Yo
preferí contar los días para volver a ver al mío. Pero éste es muy
particular. Quizás escapó de algún cómic o de una simple saga de fantasía que
involucra a dos autores cuyos nombres son Atilio y Rita.
La historia comenzó un
lluvioso 17 de Marzo allá por 1981, cuando el cielo pareció despejarse asomando
el sol en Villa Soldati al oírse por primera vez el llanto de un bebé al que
muchos preferían llamar Pipi. Lo cierto es que a ese nacimiento lo
caracterizaba una mística imborrable, que durante muchos años supieron disimular.
Este niño también
decidió ocultar su verdadera identidad, como si fuera un Superman sin capa, un
Iron Man sin traje o bien, un Capitán América sin su escudo protector. Pasaban
los años, y su sonrisa continuaba escondiendo tras ella el secreto de un nuevo
héroe contemporáneo, cuya aureola santa resplandecía y brillaba junto a él cada
vez que ponía un pie en el verde césped; el que cambiaba la extensa capa por
sus alas de Cuervo para volar; aquel que elegía los colores que llevaba tatuados en el alma antes que cualquier lujoso
traje; ese que optaba por tan
sólo un número para ser identificado: el 10. Mas era difícil envolver en un
misterio estos poderes, ya que salían a la luz cuando tenía una pelota cerca de
sus pies.
Con el tiempo, su
historia comenzó a conocerse sin poder guardar más su identidad, dejando en la
memoria de todos sus mágicas gambetas y deliciosos goles que aún continúan
dentro de cada corazón.
Luchó, triunfó, se
cayó, y se volvió a levantar. Pero la vida volvió a ponerlo a prueba más de una
vez, obligándolo a atravesar distintos obstáculos en su carrera, como a superar sus lesiones con
el objetivo de devolverle la alegría a su gente. Y lo logró más de una vez.
Volvió a golpearse, pero su corazón de guerrero lo levantó y permitió que
aquellas lágrimas que al principio eran de tristeza, por la desazón de cada uno
que creyó que quien aún tiene intacta el aura de ídolo, no volvería
a correr tras la redonda… Pero al cabo de ocho meses, ese sollozo se transformó
en alegría.
Ese día, el estadio parecía
derrumbarse en una eterna ovación de almas como la mía que renacieron entre
cenizas como el Ave Fénix, dejando nuestras manos rojizas de tanto aplaudir, y
elevando nuestras voces hasta quebrarnos nuevamente en llanto al ver ingresar
al gran héroe nuevamente a la cancha, encantándonos a todos los presentes,
mientras iluminaba todo a su alrededor con su pequeña llama mágica, demostrando
que el gran Pipi Romagnoli, nunca va a dejar de brillar.
Giuliana Pasquali
¡Esa es mi amiga! Genia; que la inspiración no te abandone, te quiero muchísimo.
ResponderEliminarMGL