LÍCITA ILUSIÓN
Esperaban tu desgracia,
pero junto a millones de fieles lo impedimos, ya que te acompañamos hasta el
final, mientras once guerreros te defendieron dentro de una cancha. Demostraste
que la insignia más preciada es esa multitud de devotos, que proclamamos tu
nombre aún cuando el fuego parecía arder más que nunca.
Derramé lágrimas y
cerré los ojos, mas sólo te seguí con mi Fe. Y yo te juro que imploré el fin de
la agonía, al igual que cada alma Cuerva. Pero no imaginábamos que
íbamos a sufrir más en tu ausencia; viendo como de a poco, todos se acercaban a
tu templo, para venerarte más allá que no lleves una corona con laureles, pese a que todos
somos príncipes de esta pasión; ese
donde miles de personas, ajenas en confianza se abrazaban entre sí, celebrando
como hermanos; ahí donde me agarré rabietas, y dejé mi llanto revestido en
alegría, mientras mi voz quedaba ronca por loar tu nombre y mis brazos perdían poco a poco la estabilidad
por el cansancio.
Y regresaste, glorioso
como siempre, despertando lícitas ilusiones en cada uno de nosotros; permitiéndonos
ignorar al menos por un rato ese séquito de críticas, soñando con desplegar
nuestras negras alas, granas de optimismo, sobre el cielo azul,
aunque sin otorgarle a la gloria que nos cegue para olvidar los objetivos entretanto
nos deje inmersos en una nube de anhelos.
Pero otra vez volviste
a caer en el hechizo de cada desalmado ajeno a tus colores, sufriendo sus
críticas y padeciendo sus burlas, mientras la melodía de tu gente te permitía
pensar en cada alegría que les supiste dar.
Y regresaste San
Lorenzo, para reafirmar esa locura que nos liga a tu amor.
Giuliana Pasquali

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